martes, 23 de noviembre de 2010

Sobre las últimas palabras de un poeta


Algún tiempo atrás, y en alguna página de Un libro rojo para Lenin, leí que Roque Dalton se decía a sí mismo que tenía “la frase graciosa adecuada para cada tipo de muerte posible”. Hoy, al leer un escrito sobre las últimas horas del poeta, el recuerdo de esa frase ha tenido el efecto de una revelación.

Como la muerte, las últimas palabras de una persona ejercen una fuerza misteriosa sobre nosotros y para muestra están las curiosas antologías que de ellas se han hecho a lo largo de la historia. Aunque muchas veces apócrifas o empañadas por el delirio (“Todo mortal” pudo balbucear Bécquer por sobre la fiebre), a veces, las últimas palabras de alguien, como lo veo yo, guardan la cifra de todo lo que se le pudo arrancar a la vida.

Las hay las que parecen confesiones, como cuando Lope de Vega se despedía del mundo en su lecho de muerte diciendo: “De acuerdo, entonces, lo diré: Dante me hace enfermar”. Otras son irónicas: “Disculpe, señor. No lo hice a propósito” dicen que dijo María Antonieta, en su camino a la guillotina, después de pisar accidentalmente el pie de su verdugo. “¡Vete, las últimas palabras son para los tontos que no han dicho lo suficiente!” se dice que le gritó un agónico Marx a su sirvienta cuando esta le preguntó si tenía algún mensaje para la posteridad.

Ahora, al leer este artículo, me di cuenta de que las últimas palabras de Roque Dalton fueron como él. Cuentan que al poeta, preso en una habitación, sus asesinos le dijeron: “Es hora que salgás al patio a tomar el sol”. “Sí, dicen que el sol cura el jiote”, respondió él. Se rió y caminó hacia afuera.

Entonces le dispararon por la espalda.

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