martes, 30 de noviembre de 2010

7 de mayo




Ese día, María López marchó con su madre. Olvidó, en la calle y bajo el sol de mediodía, entre el clamor de otros y otras como ella, que hacía más de 20 años que a su madre la habían desaparecido en un operativo militar de rutina. Ahora la sentía ahí cerca, agitándose entre consigna y consigna, y su rostro ya no era el de la imagen de tinta pintada en la pancarta que venía arrastrando desde la mañana.


“¡La vida es lucha, y se lucha siempre!” En el cauce de las calles las distancias cedían con facilidad: los metros dieron paso a las cuadras y después a los kilómetros. María no sabía cuánto tiempo venía marchando ni le importaba.


Hasta que alguien gritó por silencio.


Detrás de los tambores, de los suyos, se empezó a escuchar el estruendo de trompetas, de viejas canciones de soldados, el ritmo acompasado de una marcha militar. Entonces supieron que estaban cerca de su destino. Detrás de la siguiente esquina estaría la plaza del parque central, la razón de sus pasos. Reanimados, apresuraron la marcha.

Doblaron la esquina y entonces vieron a los otros: escondidos detrás de máscaras antigases, silenciosos, con sus cascos reluciendo bajo el sol de mediodía, empuñando sus macanas y sus escudos, en filas cerradas. Como una pared, impedían el paso al parque central y quizá alguien haya vacilado en ese momento. Quietos por un momento los dos grupos, se midieron en silencio.

Entonces, una voz desafiante y potente se oyó desde más atrás, del lado de María, con toda la fuerza: “¿A qué venimos?”, preguntó, y la respuesta unánime fue un paso adelante, seguido de otro y otro. María avanzaba sin miedo, mientras reanudaba las consignas con su voz ronca de tanto cantar.

El estrépito del choque fue ensordecedor. María, que iba a la vanguardia, sintió en la cara el contacto frío de los escudos y los insultos de los policías, pero el empuje de nuestra multitud era uno solo, poderoso, inagotable. “¡El desfile no pasará, no pasará!”

La memoria pudo más que los escudos de fibra sintética, que los chalecos y cascos de fibra sintética. Aprovechando una pequeña fisura en las filas policiales, el río humano que guiaba María se coló e inundó como un torrente el parque central.

María oía los gritos de sus compañeros a sus espaldas, las detonaciones de las granadas, y quizá pensó en arrestos y en violencia. Pero, adelante de ella, estaban las filas de soldados con sus uniformes brillantes, sus trombones y gritos. Marchando también ellos bajo el sol, y en la calle, pero sin motivo, sin memoria, a María se le antojaron odiosos y deleznables. Con la respiración entrecortada, quizás por el gas lacrimógeno, avanzó hacia el desfile militar, empuñando 20 años de recuerdos.

Súbitamente, las viejas canciones de soldados cesaron: voces de alarma y sorpresa tomaron su lugar mientras María y los suyos se detuvieron frente al desfile, cerrándoles el paso. Y ahí, con sus fusiles y los pechos llenos de condecoraciones de plástico, ante las consignas y pancartas de papel con los rostros de los ausentes, ella los vio detenerse.

En ese momento, entre la calles, María tuvo una visión casi tangible que no podría nublar ni el gas pimienta ni podrían abatir las balas de goma. La memoria había encontrado su camino bajo el sol y marchando en las calles.



No hay comentarios:

Publicar un comentario